Música, iPhone y revelaciones (columna)

Como posteó gentilmente el lector Ghechem , es posible recuperar la opción de buscar dentro de las carpetas en Vista y Windows 7.

Este pequeño cambio en el Registro no es lesivo para Windows, a pesar de las advertencias del sistema; aquí, el post correspondiente en el foro de usuarios en el sitio de Microsoft.En el página sugerida por Ghechem hay, además, un zip con dos archivos .reg . Uno reinstala la opción de búsquedas por carpeta y la otra restaura el Registro de Windows a su estado original, eliminando otra vez esa opción.

Para los que no temen usar el regedit.exe , todo lo que hay que hacer para recuperar esa tan útil herramienta es ir hasta la clave HKEY_CLASSES_ROOT\Directory\shell\find y borrar el valor LegacyDisable (en el panel grande a la derecha del Editor del Registro ). Lo mejor, a mi paladar, es apretar el botón secundario del mouse (el derecho, para los diestros) sobre LegacyDisable , elegir Renombrar y cambiarlo por cualquier otra cosa. Por ejemplo, LegacyDisable1 o LegacyDisable0 . De esta forma, Windows no lo reconocerá y hará lo mismo que si borráramos el valor. Es más cómodo, porque permite restaurar el nombre original rápidamente.

Para el resto de nosotros, sin embargo, insisto con mi pedido: que Microsoft vuelva a colocar la opción Buscar en el menú contextual de cada carpeta. No hay pruebas significativas de que editar el Registro cause daño cerebral, pero Windows lanza tantas y tan categóricas advertencias cuando procedemos a hacerlo, que muchas personas se atemorizan. No es para menos. Además, ¿se supone que debo tunear el sistema cada vez que lo instalo? Oh, sí, y la lista es larga, ya sabemos. Uno podría escribir un guión para tal fin, o utilizar una imagen de disco. ¿Algo más?

Como fuere, el aporte de Ghechem fue oportuno y útil. Si alguien lo intentó y desistió ante la avalancha de alertas del sistema, puede desoírlas (en este caso). La opción Buscar regresa sin consecuencias luego de editar el Registro .

A propósito, la función buscar está dentro de cada carpeta, arriba, a la derecha. El procedimiento que menciono aquí es para encontrar algo sin siquiera abrir esa carpeta.

La 3.0 es la vencida

No tengo un iPhone. El lector conoce mis opiniones sobre el celular de Apple por varios análisis. En pocas palabras, este dispositivo me enamoró. No me gusta su teclado en pantalla y nunca me cayeron bien las restricciones de Apple para instalar software. Pero tengo una debilidad por el iPhone, lo confieso.

No obstante, no me he comprado uno todavía. Estaban excesivamente caros. Ahora que están bajando de precio (aquí) y que ha salido el 3G S, me he decidido. La brújula me encantó, y me vendrá bien, dada mi legendaria desorientación. También el nuevo sistema operativo ayuda. Puesto que (¡por fin!) se puede copiar y pegar, tendré menos problemas en ingresar la contraseña de 128 caracteres de mi hotspot hogareño, o eso espero. El teclado apaisado también era, para mí, fun-da-men-tal; es más, ¿cómo no se les ocurrió antes ponerlo en todas las aplicaciones y no sólo en algunas?

Máquinas nada más

Sobre todo, contribuyó a mi decisión el que estos días estuve usando mucho un iPhone (prestado) y le dediqué bastante tiempo a entender por qué este teléfono me enamora. El asunto era un misterio para mí. Se trata de una máquina, a fin de cuentas.

He probado la mayoría de los smartphones de última generación. Todos son dispositivos electrónicos. Algunos más fáciles de usar, otros, menos. Los hay con mejor sonido. Ciertas pantallas deslumbran, otras cumplen con su cometido sin lujos. Algunos hasta son mejores que el iPhone. Pero todos son máquinas, y nada más que máquinas. Como ocurre con la mayoría de los dispositivos de toda época y lugar, no hay empatía entre el artefacto y el hombre. Se los usa, y se supone que eso debe ser todo.

El iPhone constituye una honrosa excepción, y esto es lo que le dio a Apple su victoria inexcusable en un mercado en el que reinan titanes.

¿Pero por qué? ¿Qué hizo posible que una compañía que no tenía ninguna experiencia en celulares produjera semejante revolución en un mercado que Nokia, Samsung, LG, RIM y Motorola dominan con holgura y dispositivos sobresalientes?

Mi veterano Nokia E70 ha sido, por lejos, el mejor celular que haya tenido. El iPhone no logrará desbancarlo en algunas áreas que para mí son clave, como la escritura. Pero no ofrece algo esencial, algo que casi ningún otro equipo electrónico da o puede dar.

No, no es la pantalla sensible. Ni los bonitos iconos. De hecho, no se trata sólo de tecnología.

Oh, sí, bueno, hay mucha pero mucha tecnología detrás del secreto del iPhone. De la misma forma que hay mucha tecnología detrás de una Ferrari o un piano. Pero una Ferrari no es tan sólo un auto. Un piano no es nada más que una máquina de golpear cuerdas con martillos accionados por teclas.

iPiano

No tengo una Ferrari, claro, pero sí un minipiano. Fue la combinación de un iPhone y el minipiano lo que me permitió ver qué nos pasa con este teléfono celular.

Entonces entendí.

Aunque nuestra habilidad musical sea modesta, ejecutar un instrumento musical otorga placer. Un piano, una guitarra o una flauta no son herramientas para producir música. Para el que conoce los rudimentos de la ejecución son un solaz. Puede que vecinos, familiares y amigos no compartan este deleite, pero ésa es otra historia. Los instrumentos musicales establecen con quien los ejecuta una relación que trasciende la mera función. De hecho, no se los usa. En español decimos que se los toca. Exactamente lo que uno hace con el iPhone.

Al día siguiente descubriría que mi minipiano sonaba horrible porque los controles de la consola de sonido habían quedado mal configurados, luego de varios traslados. En el momento, sin embargo, nos limitamos a destronar al tenaz intérprete de la butaca y al rato empezó a circular el teléfono de Apple, que pocos allí habían probado. Algunos de mis amigos son menos tecnológicos que un eremita y un celular nuevo es para ellos tan seductor como un pan de manteca.

No obstante, todos se quedaron fascinados con el iPhone. Me llamó mucho la atención que, al revés de lo que acontece con otras maravillas de la tecnología que con frecuencia ven en casa, aquí todos lo querían tocar. Normalmente, miran de lejos porque tienen miedo de romper algo. Aquí pasaba lo contrario.

No acertaban a entender el significado de la mayoría de los iconos ni mucho menos explicar la razón de la atracción, pero siguieron jugando con el equipo durante más tiempo de lo que me esperaba, y de formas inusuales.

Noté que no lo trataban como a una máquina. Les importaba más bien la vivencia. ¡Ellos, que desdeñan cualquier cosa que ande a baterías!

Innecesario

Luego de mi improvisado experimento social, pasé muchas horas operando el iPhone. Mis críticas siguen siendo las mismas. Llevo todas mis notas en el celular, porque se me ocurren ideas en los lugares más insólitos, y por lo tanto escribo mucho en los teléfonos. Aunque admito que es una consecuencia lógica de un equipo que es pura pantalla, la implementación del teclado del teléfono de Apple no me gusta.

Lo que más me irrita es el estilo Apple de ponerlo todo detrás de un corralito. La única forma de sortear esta condición es hacer un jailbreaking; es decir, hackearlo. Esto viola la garantía, por supuesto. Para seguir con la analogía de antes, es como un piano que sólo te permitiera ejecutar piezas aprobadas por el fabricante. Absurdo.

Pese a mis reparos, volví a jugar con el equipo una y otra vez. Me dije: “OK, tiene un atractivo semejante al de un piano u otro instrumento musical. Pero, ¿por qué, en qué se basa esa seducción?

Lo advertí al cambiar un icono de lugar en la interfaz. Para hacerlo, hace falta presionarlo durante un par de segundos y entonces todos empiezan a vibrar. El efecto es genial. Y por completo innecesario.

En cualquier otra máquina aparecería un cartel, toda la pantalla cambiaría de color o algo así. En el iPhone, los iconos se ponen a bailar. Brillante.

Esa es la clave de este dispositivo: está repleto de cosas innecesarias, detalles superfluos, animaciones y efectos que no hacen a la función y por sí mismos no sirven para nada. Y precisamente ahí es donde nos sentimos atraídos. Los humanos somos los únicos seres que hacemos cosas que no son estrictamente necesarias. Dicen los antropólogos que empezamos a ser humanos cuando viajamos largas distancias para conseguir piedras para adornarnos. O cuando empezamos a enterrar a nuestros muertos. Lo llamamos cultura.

Ser humano es hacer cosas que no hace falta hacer.

Por supuesto, cuando imaginamos un mundo sin cosas innecesarias, el resultado es un horrendo hormiguero, una pesadilla orwelliana gris y funcional, desapasionada, inequívoca, neutra. Así que, en un típico arranque de condición humana, para nosotros lo innecesario es tanto o más necesario que lo funcionalmente necesario. Paradojas, sí, nos explican con imperfecta perfección, y explican también el fenómeno social y mediático de un simple teléfono celular.

El iPhone es mucho más que un smartphone, he venido a descubrir en estos días, y lo es no por su facilidad de uso ni porque sea una teléfono técnicamente imbatible, sino porque se parece a nosotros. No es su belleza y nada más. No es el logrado diseño y punto. No es la facilidad de uso, que en última instancia se basa en que el usuario entienda ciertos convencionalismos (qué significa un icono, por ejemplo). Es su desfachatada apuesta a aquello que nos caracteriza desde siempre. Es, más que un teléfono, un objeto cultural.

No estoy seguro de que en agosto o septiembre, cuando finalmente tenga mi iPhone, vaya a sentirme siempre cómodo con este equipo, sus restricciones y su teclado. Pero al menos ahora estoy empezando a entender el fenómeno.

Habrá más noticias dentro de dos o tres meses.

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2 comentarios

  1. Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: Lo que más me irrita es el estilo Apple de ponerlo todo detrás de un corralito. La única forma de sortear esta condición es hacer un jailbreaking; es decir, hackearlo….

  2. […] Original post by Antonio Trejo […]

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